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La Argentina dividida: el caballito de batalla

 

Por Jorge Boccanera*

(para La Tecl@ Eñe)

Llama poderosamente la atención la falta de espesor de los planteos de opositores que ponen el acento en una Argentina supuestamente dividida, ofreciéndose como los futuros componedores de esa fractura. El argumento exhibe la endebles que ha relegado hasta ahora a un papel vocinglero a políticos –entre éstos, algunas “cabezas” surgidas de la gestión empresarial y de la farándula con ínfulas de estadistas- que no han podido poner a funcionar una labor opositora por fuera del agravio y la falta de debate serio, desestimando en un rechazo epidérmico las acciones gubernamentales.      

 

Lo básico de esas frases sin fuerza de consigna por sus contenidos chirles, que martilla sobre el tema de la unidad y el cambio sin especificar el modo en que se van a producir esas transformaciones, dan cuenta de la falta de ideas de la mayor parte de las alternativas políticas de la oposición, exceptuando algunos espacios de la izquierda que esgrimen, desde ya, cuestionamientos puntuales, atendibles. 

 

El eje de de estas voces críticas al gobierno, con vocación de traumatólogo, es la normalización de una Argentina fracturada, cuando ni siquiera han podido amalgamar fuerzas alrededor de un programa político, naufragando en balsas de alianzas astilladas por su discursividad confusa y contradictoria, direccionada según la conveniencia del  “socio” oportuno. Si la propuesta es apenas unir, ¿qué resultado podría dar sumar a Solanas con Carrió, cuando ambos han expresado en ocasiones anteriores su antagonismo y disparidad de posiciones?

 

El coro que entona el estribillo de la cantaleta de la “Argentina dividida” va de Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín (“hay dos países, venimos a unirlos”) a Macri (“el Kirchnerismo está fracturando al país”), pasando por el señor Lanata (me reservo al calificativo de “periodista” para quienes informan por fuera de las operaciones de prensa) que ha lanzado la peregrina idea de “grieta” en la sociedad.

 

Yendo al fondo de este caballito de batalla podría decirse que efectivamente hay una Argentina dividida, como hay un México dividido, un Chile dividido, una Italia dividida, una Francia dividida, una Europa dividida. En el caso que nos toca, hay un país dividido porque, entre otras muchas cosas la sociedad está dividida en clases, porque la justicia se está expidiendo sobre víctimas y victimarios, porque hay sectores que no quieren volver al neoliberalismo. Ahora bien, el martillar sobre una “división”, presupone una idea de unidad, ¿un conglomerado social compactado por sobre la controversia del papel del Estado, los planes sociales y económicos, el reclamo de soberanía de nuestro territorio, la condena efectiva a los represores? La idea de unidad que manejan estos sectores está ligada a una suma de intereses ligados a la especulación –consorcios financieros que han servido de base tanto a la dictadura como al desgobierno menemista- por fuera de un verdadero proyecto de conjunto mancomunado en sus labores, su espíritu de reciprocidad, de solidaridad efectiva.

 

Para esa idea de unidad, el kirchnerismo significa división, en tanto plantea un proyecto social –a profundizar, qué duda cabe-accionando en lo social, lo económico, lo cultural, lo educativo,  poniendo el eje en sectores desprotegidos y aspectos largamente desatendidos.

 

La palabra “división” en boca de quienes aspiran a Argentina monolítica – el manejo a piaccere del Estado bajo las directrices de sus sectores de privilegio- no tienen en cuenta la posibilidad de la convivencia de una comunidad sustentada en criterios dispares; un cuadro de alternativas,  proyectos y programas políticos disímiles en un marco democrático. 

 

Por los medios de prensa, radio y televisión, cruza la abúlica campaña de propaganda electoral montando el mismo caballito de batalla: una Argentina dispersa que habría que reunir, apelotonar.  ¿Acaso hubo en algún momento de nuestra historia un país homogéneo en términos ideológicos? ¿Qué idea de unidad conlleva una fraseología elemental de “tirar para el mismo lado” (más propia de equipo de fútbol de barrio que de una dirigencia que debe esforzarse por producir contenidos) en un territorio regado de tumbas N.N. por la última dictadura? ¿Una unidad al costo de bajar las banderas de memoria, verdad y justicia?

 

Si llevar adelante una propuesta diferente de gobierno significa alentar algún tipo de fisura, la unidad que sustenta la fraseología sin espesor de la oposición conlleva un mensaje: quedarse en el molde.

 

De alguna manera el reclamo tiene la pretensión de sugerir la vuelta a un estado de normalidad, una Argentina anterior en armonía ; entelequia que se desmorona cuando interpelamos a nuestra propia historia. Apenas un interrogante: ¿no estaba fragmentado el país con el peronismo proscrito tras la denominada revolución Libertadora?

 

Hay muchas ideas de unidad dando vueltas, como también las hay sobre términos que funcionan a modo de consigna: futuro, cambio, progreso. La unidad a costa de disciplinar a la población en detrimento de los intereses populares, apunta a la homogenización a favor de los estratos altos más que a un proyecto de país en el que prevalezca una idea de comunidad basado en la justicia social y el pensamiento plural.

 

En referencia a las muletillas de consigna me gustaría concluir parafraseando al escritor polaco Stanislaw Jerzy Lec, quien prisionero en un campo de concentración nazi, escribió en un diminuto papel de cigarrillo: “cada uno tiene un caballito de batalla que tira de su carro fúnebre”

 

 

*Poeta y Periodista

El caballito de batalla de la unidad que pregona la oposición como consigna ante la noción de fractura, es una idea de homogenización de los estratos altos más que un proyecto de país en el que prevalezcan los valores de comunidad y de solidaridad efectiva.

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