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Animales Políticos eran los de antes (O: llueven sapos y culebras)

Hace ya tiempo prometí a mis amigos -y a mí mismo, lo que es mucho menos importante- no escribir más en los grandes medios nacionales –oficialistas u opositores- sobre lo que da en mentarse como “coyuntura política nacional”. Bien, espero en lo que sigue lograr cumplir esa promesa entrelineando su transgresión. Lo que sucede es que esta interesante página no es exactamente un “gran medio nacional” en el sentido habitual del término. Y lo que también sucede es que es irresistible la tentación, que deseablemente será bien entendida, de subirme sobre la regocijante intervención de Horacio González a propósito de sapos y buitres. En fin, que sea lo que Zoé y Bios  quieran.


 

Por Eduardo Grüner*

(para La Tecl@ Eñe)

Por Foucault, por Agamben, por Toni Negri o por Esposito –hay otros, claro- nos venimos enterando, desde hace mucho, de que se ha producido una mutación  (valga el nítido biologicismo genético) en los modos de pensar “lo” político: atendiendo a la inscripción de las estrategias de vigilancia, control, gestión, transformación, tecnificación o directa liquidación de los cuerpos humanos, surgió de lo más recóndito de las células secretas de la polis  global eso que dio en llamarse la biopolítica (una variante más estrictamente marxista puede encontrarse en la expresión sociometabolismo del Capital  de Istvan Meszarós). Sería un enorme, desmesurado proyecto de indagación el de pensar por qué –en una suerte de nuevo intento de reconciliación utópica entre cuerpos y almas- un paralelismo simultáneo nos ha entregado el retorno de la teología política. Obviamente, es una enormidad y una desmesura que no puedo emprender aquí, ni en ninguna otra parte: aunque tuviera la competencia, me faltaría el tiempo (biológico, como se dice). Sí puedo, quizá, y con prudente parquedad, recordar algo incomparablemente más trivial; a saber, las ya antiguas y venerables maneras con las que la llamada “picardía criolla” ha sabido, al menos durante el último siglo, darse una verdadera zoopolítica  mediante el expediente metafórico (o más bien metonímico, en su mayor parte) de generar apodos “animalizantes” para los dirigentes políticos que el pueblo ha sabido darse, o bien ha tenido que aguantarse –eso depende de las identificaciones de cada uno, va de suyo-. Allí están el Peludo Yrigoyen, la Tortuga Illia, el Bisonte Alende, el Chancho Alsogaray, la Morsa Onganía, la Pantera Rosa Videla, el Pato Galmarini, el Perro Santillán (o Verbitsky), el Pollo Sobrero  y via dicendo (seguramente hay aquí numerosos blancos mnémicos que cualquier lector más memorioso puede rellenar).

 

¿Es una ingeniosa respuesta popular y futbolera –ese campo de juegos de lenguaje también está poblado de animalitos del Señor, aunque desde ya tiene un solo Dios- que invierte en políticos animales la definición canónicamente aristotélica del zoon politikón? En todo caso, el zoológico no para de ampliar sus recintos: una reciente réplica de Horacio González a Emilio de Ipola, publicada en estas mismas páginas, sugiere muy agudamente que un conflicto importante (ya que no, sin duda, la “contradicción principal”) en la actual política nacional, no es –como cabría suponer- entre gorilas y pingüinos, sino… entre buitres y sapos. En el curso de la controversia, y como era esperable, Horacio acuña un concepto extraordinario: el de batraciomaquia. La cosa tiene su gracia, pero también su miga y su “momento de verdad”, ya que sería difícil encontrar alguien de cualquier persuasión política que haya podido evitar, en algún momento, someterse al régimen gastronómico en cuestión (como Horacio bien conoce, también yo tengo mi animal político favorito del siglo XX: el León; pero Dios sabe que en su nombre he tenido asimismo que sufrir alguna ingesta batráquica).

 

El debate, en todo caso, sería sobre cuándo, cómo y justamente en nombre de qué cosa vale la pena soportar alguna dosis de esa indigesta dieta. Pero, atención: un escritor como González no es precisamente descuidado con sus palabras. Horacio no dice batraciofagia  (práctica que sería acercable a alguna forma de perversión, como quien dice coprofagia, etcétera, pero que, como casi toda perversión, puede deslizarse al colmo de la exquisitez cuando se trata de degustar a su pariente cercana de Francia, la rana a la provenzal). Él dice batraciomaquia, es de suponer que inspirado en el casticísimo concepto deportivo de la tauromaquia (por otra parte de gran prosapia literaria, si uno recuerda La Edad de Hombre de Michel Leiris). Que no es, por supuesto, la costumbre de comer toros (más bien se ha dado el caso inverso con algún que otro pobre torero), sino el refinadísimo arte –lo más cercano al ballet que conozca un deporte descendiente de rituales milenarios- de sortear (hacer “suertes”), evitar, hacer pasar por el costado, hacerle fintas –saludadas con admirados “Olés”- y en última instancia liquidar con certera y rápida estocada al desgraciado bicho, vacuno o batracio que sea. Repito, muy en serio, que se trata de un hallazgo lingüístico estupendo y enormemente sugestivo. Si entiendo bien, lo que Horacio le está recordando a Emilio (no sin alguna ambigüedad, si bien no creo que cuente a De Ipola entre los que festejan el triunfo de los buitres) es que los animales no son todos igualmente comparables en peligrosidad: a los sapos se los puede eludir o sortear, y si no queda más remedio (aunque siempre queda alguno, seamos justos) pasar el mal trago con arcadas. A los buitres, hay que combatirlos. Claro está, al mismo tiempo, que desde el admitidamente cómodo lomo del majestuoso León que evocábamos más arriba, uno ve las cosas un poco diferentes y se anima a sospechar que tal vez –dentro de los límites de lo que el jinete feliniano (o felliniano) se obceca en calificar de “régimen burgués”- haya algunos buitres mimetizados en sapos, y entonces uno no sabe bien qué se está ingurgitando.

 

Pero esta es una discusión demasiado larga y compleja para hacerla aquí. Tan solo me permitiré reprocharle a mi vez fraternalmente a Norberto Alayón –quien ha terciado en el intercambio, y quien parece persistir en la agotada y agotadora idea de que es lo mismo ser opositor de izquierda que de derecha- que su metáfora “etapista” a propósito de la necesidad de deglutir algunos batracios hoy para evitar tener que ingerir dinosaurios mañana, no es del todo feliz: ya hay aquí (es decir, allí) y ahora unos cuantos dinosaurios, viviendo muy cerquita de los sapos, y a la hora de comer se corre el riesgo de confundirse de plato (¿o cree en serio Norberto que el previsible sciolismo permitirá “profundizar en lo que falta” hacia alguna forma de socialismo?).

 

Como sea, hay algo en lo que quisiera ser inequívoco: la irrestricta defensa estilística de mi amigo (sospecho que en algunos casos las diferencias políticas, lejos de suponer merma en ese afecto, pueden servir para fortalecerlo, pero tampoco tendría tiempo de demostrarlo ahora) Horacio González. Quiero decir: su “pluma barroca” –es él quien la llama así, repitiendo a alguien que la llamó así- es precisamente la que le permite creatividades semánticas como la que estoy comentando, y si es verdad que el estilo es el hombre (definición reversible), en este debate el hombre consigue, “por el estilo”, refutar la “tristeza” deipoliana, que abreva en la “depresión” discepoliana. El barroco, como se sabe, y desde hace unos 400 años, no es un partido, sino un movimiento, con a veces crispadas “internas”. Para recordar una clásica oposición establecida por nadie menos que Borges, Horacio se ubica del lado de la ironía un poquitín sarcástica y condensada de Quevedo antes que de la solemnidad ultraculterana y proliferante de Góngora (no en vano su tesis doctoral, si recuerdo bien, es sobre la picaresca). Es algo para celebrar, en tanto –sin descartar un leve fondo de educada rabia- alivia con cierta oblicua alegría y certero humor la pesadez de las “gravedades de la hora” política que algunos traducen en melancolía por la república perdida, o algo así. En eso tiene razón Alayón (con disculpas por el aliterante ripio): las espinozianas “pasiones tristes” no son buenas consejeras al momento de discernir cuáles son las verdaderas gravedades gravitatorias que debiéramos estar debatiendo sobre el futuro de la sociedad nacional (que, me permito pasar mi avisito, no transcurren en los andariveles enfrentados de la república liberal versus los límites del neodesarrollismo populista, o lo que sea).

 

Obviamente, no estoy minimizando las acechanzas carroñeras (o la represión en Neuquén, si vamos a los titulares del día), o cualesquiera otro drama nacional: solo estoy diciendo que cierto humor más o menos autocrítico es un buen ejercicio retórico que permite conservar el inestable equilibrio entre el respeto cariñoso y la encendida verba polémica. Hay momentos en que ese humor y esa autoironía se constituyen en armas jocosas pero eficaces en la llamada “batalla cultural”, para no mencionar su estatuto de larga y festiva genealogía en la ensayística argentina. Pero no quiero perder el hilo: es, decía, el cortés ironismo quevediano de González –no digo que él sea el único- el que permite concebir categorías como la de batraciomaquia, sin duda de alta pertinencia en nuestros tiempos. Personalmente declaro mi placer al sumarme, reconozco que con cierta ligereza, a la contenida alegría del diálogo, quizá alentado –con cuántos motivos reales está por verse- por los pasitos de las Paso que permitieron a mi cabalgadura leonina avanzar un estimable trecho en la confusa sabana argentina. Y en cuanto a la intimación cariñosa que lanza Emilio a sus “amigos progresistas”, lamento no estar en posición de responderla: aunque me gustaría llamarme su amigo (ya aclaré hasta dónde amistad y posiciones políticas pueden ser registros con relativa autonomía), no apoyo -al gobierno –aunque estoy desde siempre anotado en el antibuitrismo-, ni puedo llamarme, en ningún sentido riguroso, “progresista”. Animal lo soy, sin mengua, pero de otra especie zoopolítica.

 

 

*Sociólogo, ensayista y crítico cultural. Doctor en Ciencias Sociales de la UBA. Fue Vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y Profesor titular de Antropología del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras, de Teoría Política en la Facultad de Ciencias Sociales, ambas de dicha Universidad.

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