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Las trampas de la sencillez

Las fórmulas a las que se apela cuando se quiere convencer de que un gobierno o unos representantes políticos deben ser sacados ya de su lugar, son fórmulas basadas en argumentos que sólo pueden presentarse como definitivos: como si, en cada caso, no hubiera nada más que hablar.

 

 

 

 

Por Oscar Steimberg*

(para La Tecl@ Eñe)

El problema es que no son honestos.

 

El problema es que no trabajan.

 

El problema es que no saben.

 

El problema es que sólo tienen hambre de poder.

 

Y también, tal vez con una frecuencia algo menor porque es más inquietante (en seguida parece que uno hablara de sí mismo): el problema es que sólo piensan en ellos.

 

Son las fórmulas a las que se apela cuando se quiere convencer, a cualquiera, de que un gobierno o unos representantes políticos deben ser sacados ya de su lugar.

 

Se trata de fórmulas basadas en argumentos que sólo pueden presentarse como definitivos: como si, en cada caso, no hubiera nada más que hablar. Y que no exigen ningún tiempo de reflexión al que oye o lee: refieren a asuntos de una generalidad antropológica, en definitiva se trata de ser o de no ser.

 

Cuando queda más extraño es cuando los que apelan –con “sencillez romana”- a esos argumentos son dirigentes o agrupamientos definidos por su pertenencia a corrientes de ideas y saberes que participaron de la construcción polémica del discurso político contemporáneo. Ese discurso que se empeña en ser cada vez más abarcativo, más cambiante... Pero es así: como si un día hubieran descubierto que, aun siendo la política algo complejo, los cambios en el poder fueran motivados por la abrupta puesta en escena de carencias o síntomas de una condición absolutamente general y un efecto indudable y último, que hace innecesarios los debates y los planes de gobierno. Ser o no ser, ver o no ver, creer o no creer.

 

En las historias de la propaganda política se encuentran sencilleces en cada momento y en cada tramo. Que pueden pasar por ser lo mejor del momento. Hay un afiche nazi en el que un gigantesco viejo de duro rostro está haciendo saltar por los aires, de un puñetazo dado en el centro de la sala de sesiones del Parlamento, a los representantes entregados a una discusión seguramente inútil. Y de su boca sale una palabra: ¡Arbeit! Les pedía sencillamente que trabajaran, el viejo probo.

Y claro: hay que trabajar, no hay que robar... Por aquellos tiempos, un partido de centroizquierda en la Argentina había levantado un lema famoso: “manos limpias, uñas cortas”. ¿Habría alguna corriente que se opusiera a semejante consigna? Tal vez, entre lo peor de las campañas políticas estén los esfuerzos de síntesis de los voceros. Con sus logros, que serían los de una simplificación desarmante (como si la frase buscada fuera Ah, ¿eso era?).

 

Cada uno busca argumentos para lo que ha elegido. Y hay momentos en que parece buscarse el fin de la conversación.

Pero, mientras, se puede continuar. Con parcialidad, como ocurre siempre en los períodos preelectorales. Registrando, por ejemplo, casos recientes o actuales de búsquedas argumentativas ataviadas de sencillez.

Por ejemplo: la que terminó concretándose en el lema “Un país normal”. Aun reconociendo que a las utopías les ha ocurrido caer, o entrar en crisis, ¿la normalidad puede ser un objetivo político de transformación? ¿Lo es, ahora que ni los partidos conservadores se llaman así? Tal vez sí, pero se trataría, probablemente, de una normalidad de períodos cortos.

O: “Ella o vos”. Se diría: la disyuntiva entre la instancia del poder y la del hombre común, presentada como la de uno mismo. Pero ese Ella ¿no se queda en una problemática de género? ¿Se rechaza a una figura de poder o a una mujer? Son las trampas de la sencillez: se plantea una confrontación política pero se la nombra como un enfrentamiento de individuos, de genérica y borrosa condición.

 

Y siguiendo con las opciones de confrontación, siempre en juegos de parcialidad pero cambiando de vereda: pasando del antikirchnerismo al oficialismo, ¿los juegos de discurso no se hacen más complejos, más parecidos a los sorprendentes, múltiples y diversos acontecimientos de la política social? Para hablar a favor del gobierno se nombran series de hechos. Y en la palabra presidencial se recortan construcciones de una complejidad como la de La patria es el otro. Y bien: podría decirse: abandonar, en el discurso político, las trampas de la sencillez es una decisión respetuosa del sujeto social.

 

* Semiólogo y escritor

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