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Facetas de las comparaciones





Al recorrer la Web y si de opiniones sobre la política actual hablamos, la gama es diversa: encontramos desde el apoyo o la denostación al gobierno con matices que van de la execración a la celebración acrítica, hasta la sucesión de comentarios interesantes y lúcidos o sandeces a veces embadurnadas con cierto halo de saber o enunciadas con impostura.




Por Susana Cella*
(para La Tecl@Eñe)

En esos recorridos a veces un tanto azarosos que uno hace, con mayor o menor frecuencia o lapso, por sitios de la Web, desde luego encuentra de todo un poco, valga la expresión,  como verdadero cambalache discepoliano, y si de opiniones sobre la política actual hablamos, la gama es diversa, no sólo por el apoyo o la denostación al gobierno con matices que van de la execración a la celebración acrítica, sino también porque se suceden desde comentarios interesantes y lúcidos hasta sandeces a veces embadurnadas con cierto halo de saber o enunciadas con impostura. Podría citar ejemplos, pero prefiero dejar que, ojalá a quien le caiga el sayo se lo ponga. Tal vez o sin tal vez, un deseo utópico si se tiene en cuenta que la negación que incluye la de sentir que se puede opinar sobre aquello que no es raigalmente sabido como teoría y praxis, es más que poderosa en su mostración obscena que el cuidado y la responsabilidad que deberían ser puntos de partida insoslayables. Síntomas, podría decirse, y justamente para propiciar una visión crítica (que en tanto revisión y análisis de supuestos, y contra esquemas naturalizados, debería focalizarse en una perspectiva analítica de fondo porque el “modelo”, el llamado “relato”, es en realidad desafío político a significar, definir y reelaborar continuamente en un abismal abarajar una suma hechos políticos, históricos, sociales, culturales, sólo mencionados por separado para definir su amplio dominio, teniendo en cuenta que todos ellos están imbricados.
Pero bueno, todo esto es síntoma de lo que sucede.
La variopinta vidriera a la que me refería mostró un artículo de un literato cordobés llamado Pablo Anadón, publicado el 10 de marzo de 2013 en La Voz del Interior, diario de su provincia.
Cuenta el cronista que leyendo a Bioy Casares, había encontrado referencias respecto de un artículo escrito por Borges en 1971, y que fue a buscarlo. Cita allí varias partes y además cuenta del terror que sintieron Silvina Ocampo, Bioy y en cierta medida Borges, pensando que sería factible que por haber escrito eso los asesinaran. Apenas uno lee algunas páginas de Bioy, sobre todo aquellas en las que habla, no sin expectativa, de la inminencia del golpe militar del 55,  y si uno recuerda un cuento como “La fiesta del monstruo” de Borges y Bioy,  o el breve relato titulado “El simulacro” de Borges, el artículo del 71, en que Borges con el pretexto de iluminar a los jóvenes acerca de las acechanzas del peronismo, no sorprende. Aquellas interpretaciones sobre el peronismo no sólo tienen un aire de familia con actuales publicaciones que son también, igual que en el caso de Borges, intervenciones ideológicas contra la política del gobierno nacional, tendientes a establecer un imaginario, conjunto de creencias que al circular y no sólo en letra de molde, van configurando una atmósfera mezcla de enojo, nerviosidad, agobio y cosas por el estilo con sus contradictorias caras. Baste no sólo acudir a los medios sino escuchar conversaciones en el colectivo, el supermercado, la peluquería, los bares, los ascensores, las veredas, etc. La semejanza a que me refiero, la señala también el autor del artículo en La Voz del interior, pero no para efectuar un análisis crítico – respecto de los textos que dice haber estado leyendo –sino, más bien apelando a una suerte de cita de autoridad  - Borges ni más ni menos - se precipita como preocupación y advertencia respecto del gobierno. También yo, como dice que hizo el articulista, busqué aquella intervención borgeana compilada en Textos recobrados, en el segundo tomo que va de 1956 a 1986. Pero además volví a “La fiesta del monstruo” y no dejaron de resonarme los ecos de “El simulacro”. El relato coescrito con Bioy tiene el efecto de que uno descrea que fuera realizado por dos autores que demostraron acabadamente su calidad literaria.  Esa suerte de “El matadero” aggiornado a los tiempos de Perón, es torpe, lleno de frases poco felices, en estilo directo tratando de representar un lenguaje que no se termina de comprender a qué registro apela, medio cocoliche, medio vaya a saber qué, ni a quién podría corresponder en verosimilitud. Hay demasiadas aclaraciones, demasiados énfasis, demasiados subrayados; es altamente didáctico y sin ambigüedades en cuanto al “mensaje” que quiere dejar (rasgos todos estos de los que se supone Borges o Bioy abominarían). Esteban Echeverría pudo encontrar mejores expresiones para pintar a esos negros sangrientos y esos federales violadores y al Matadero como símbolo del rosismo.

En “Leyenda y realidad”, o sea el texto de Borges, se propone ofrecer “un testimonio personal y preciso”. Redunda en la conocida comparación con el fascismo, critica el Diccionario de la Real Academia por haber incorporado el término “justicialismo”, ese “monstruo neológico” según lo califica, ve a las conmemoraciones de los 17 de octubre como “melancólicas celebraciones” (cualquier filmación de esos actos que hayamos visto, quizá pueda deparar adjetivos condenatorios, pero difícilmente se diría acertado el que usó Borges). En relación con esto, el relato “La Fiesta del Monstruo” tampoco tiene ese tono. Siguiendo con su descripción 

del malvado Perón y de su movimiento, Borges llega, el sí, al crimen, habiendo salteado el bombardeo a Plaza de Mayo, y se refiere al día del golpe militar como “cierta mañana lluviosa de setiembre de 1955” para sólo destacar cobardía en el propio Perón y en los peronistas y en este punto la historia (aun en tal versión) cesa, para entrar en una suerte de fatalidad un tanto metafísica: “Diríase que el triste destino de Buenos Aires… es engendrar cada cien años un tirano cobarde, del cual luego nos tiene que salvar las provincias”. Obviamente el de cien años atrás era Rosas y no hay mención de que este texto se está escribiendo justamente durante la dictadura inaugurada en 1966 por Juan Carlos Onganía. Al referirse a Perón como un nuevo rico, hace un giro, una suerte de consideración que el resto del texto desmentiría, ¿podría haber tal execrable monstruo haber instaurado “una rebelión de las masas, enseñándoles con el ejemplo ideales distintos”?,  dicho esto como una suerte de posibilidad que no se dio. Ante lo cual uno se pregunta ¿cuáles habrían sido esos distintos ideales? ¿se trataba de que alguien omnipotente “enseñara”? ¿son ”las masas” algo despersonalizado, informe, cuya rebelión (fue Borges el que usó una expresión que obviamente recuerda a Ortega y Gasset) sólo podía “instaurarse”, y siendo así, de qué modo? Respecto de la comparación con los rasgos de la oligarquía que Perón habría imitado, aquellos que para Borges son los “menos admirables” (o sea, hay otros más admirables), podrían discutirse por ejemplo la ostentación que no parece ser característica de una oligarquía tradicional, y justamente en eso se opone al nuevo rico; lo de la “profusa iconografía” supone una generalización que tampoco señala de qué iconografía se trata, es decir, cuál es la imaginería visual de una y otro (y no hay mucho que ver para notar las diferencias), similar generalización en cuanto al “gusto por los deportes británicos”, donde el popular fútbol se equipararía al aristocrático polo, o rugby, por ejemplo. En cuanto al gaucho, bueno, también aquí habría que pensar si no hubo por parte del propio Borges un “culto literario” de esa figura. Por otra parte, vuelve a usar la misma palabra que en el cuento “El simulacro”: “craso amor de los arrabales”, y aquí, Perón dedicado a imitar “de manera crasa y grotesca”. Se vuelca luego a una especie de escena terrorífica en que habla de negociados, cárceles, censura, y la conocida acusación de “abolición de la libertad” esgrimida comúnmente en las ocasiones en que sectores poderosos ven amenazados sus privilegios. No es redundancia reiterar que esto lo escribe en 1971. Algo más agrega del oprobioso régimen, que vale la pena citar: “Otro soborno fue el aguinaldo, curiosa medida económica –imitada nunca sabré por qué por los gobiernos ulteriores- según la cual se trabaja doce meses y se pagan trece. Esta ridícula y onerosa medida ha sido decorada con el título de ´conquista social´”. El razonamiento quiere ser ingenioso, desde luego, pero carece justamente de agudeza y resulta un tanto bobo; por otra parte se lo califica de “oneroso” (¿para quién podría preguntarse de inmediato?)

Desde luego la memoria es selectiva, el autor de “Funes el memorioso” lo sabía. Supo quizá que también podía haber otra memoria, la del aguinaldo, por ejemplo, pero prefirió la elipsis y el denuesto.

La nota de Borges (publicada en La Prensa (28/5/1971; La Nación, 28/5/1971 titulada allí “Nota a Concentración Cívica” y en La Razón, 26/5/1971 como “Una nota de Jorge Luis Borges”) suscitó no su asesinato, sino respuestas, según se consigna en Textos recobrados: el Sindicato de Luz y Fuerza publicó en Crónica una solicitada: “Réplica al odio” (29 de mayo de 1971) y la revista Confirmado, un reportaje al escritor (no lo mataron ni lo amordazaron, sino que le pidieron justamente que hablara) titulada “Jorge Luis Borges: Georgie el memorioso” (Año VII, Nº 312, 9 al 15 de junio de 1971.
No casualmente el cronista cordobés termina su artículo con el subtítulo “Paralelos”, que vale la pena citar porque es una clara muestra de la construcción de un discurso capaz de componer una trama de temores y amedrentamientos para, en medio de ella, hablar del “coraje cívico” de Borges con la habilidad de extenderlo a su cambio de actitud cuando a fines de la última dictadura argentina, que había apoyado tanto como a la de Pinochet, (empleo aquí el término con toda propiedad, lo que llamaban “la dictadura” los antiperonistas - “el tedio y horror de la dictadura” dice Borges- nombrado con el “la” como una definición por antonomasia; era un gobierno resultante de dos elecciones consecutivas), asistió al juicio a las Juntas durante el mandato del mismo presidente en que se promulgó la “ley de obediencia debida”. El afán del redactor de traer a la memoria el texto parece querer autorizar su conclusión:



En fin, me ha parecido interesante recordar este episodio de la vida política de Borges por varias razones: en primer lugar, para destacar su coraje cívico, del que dio muestras en diversas oportunidades (también fue capaz a menudo de otro coraje más raro aún entre los intelectuales, el de aceptar y hacer públicos sus errores, como por ejemplo cuando asistió al juicio histórico de las juntas militares durante el gobierno de Raúl Alfonsín y reconoció su equivocación y su ignorancia sobre los horrores cometidos por la dictadura militar, que él había apoyado). En segundo lugar, para traer a la memoria de los lectores un texto de Borges ya olvidado. En tercer término, porque algunas facetas de la imagen del peronismo recordadas por el autor parecen tener su reflejo en nuestro presente, particularmente en esa vocación autoritaria del peronismo y en esa duplicidad del gobernante que predica la justicia social y se comporta como un nuevo rico, un rico que ha logrado su prodigioso enriquecimiento a través de la política; y, por último, porque también el clima de intimidación, de temor a opinar libremente, que dejan ver las repercusiones de la publicación de Borges, se diría que tiene un vago, inquietante y progresivo eco en nuestros días.

Apenas ver diarios, canales de televisión, revistas y otros medios, incluyendo este artículo, uno se pregunta adónde está el eco que señala el cronista.
La creación de una atmósfera de “intimidación” puede acudir, como Borges en la comparación entre el peronismo y el fascismo italiano, o como la del cronista cordobés entre los dos primeros gobiernos peronistas y el actual, a otro cotejo: así el mismo diario que publicara el texto de Borges con el sugerente título de “Nota a Concentración Cívica” (¿esa concentración aludiría a algo así como una nueva Unión Democrática?), o sea La Nación,hubo de recibir una crítica de la entidad 

representante de la comunidad judía en Argentina, DAIA, por el editorial del 27 de mayo de 2013 titulado en el diario de Mitre “1933” donde la comparación entre el nazismo y la Argentina actual, aunque con “enormes distancias” (no pudieron menos que decir), en realidad asemeja. Cuando se piensa que los métodos utilizados por la última dictadura militar tienen fuertes coincidencias con los usados e inventados por los nazis (creo que no hace falta abundar en el terror), difícilmente encontraría en uno de tales diarios (remito especialmente a La Nación y Clarín) una comparación entre esas Fuerzas Armadas, cuyo advenimiento en pos del orden se celebraba, y de subversivos abatidos en enfrentamientos. Al respecto, e hiperbolizando un poco, podría decirse que, siguiendo la comparación, tales relatos estarían diciendo que seis millones de judíos, más gitanos junto con otras razas “inferiores”, más militantes antinazis en general, se hubieran enfrentado a la Wermacht en pleno campo de batalla y esta última hubiera ganado. Pero a Videla no se lo comparaba con Hitler como tampoco a las víctimas de ambos; esto provocó en algunos una disociación, por una parte abominaban de los nazis, y por otra, parecían no darse cuenta, negar y en los peores casos, justificar, el terror implantado en el país. El recurso de la derecha de acusar de nazi o fascista al gobierno quizá tenga que ver también con lo útil de las disociaciones. Aventar similitudes entre el gobierno y el nazi-facismo, desde luego supone colocarse en una posición demócrata y republicana en tanto valores esenciales, deshistorizados, que pierden de vista los complejos procesos de emergencia de las que José Martí llamaba “las dolorosas repúblicas americanas”, y desde ese lugar supuestamente despojado de concretas adscripciones ideológicas, mostrando su condición de veladura, lisa y llanamente se suprime con la gran palabra el conflicto social, que remite a visualizar qué contenidos le otorgaron a dichos términos, distintos sectores desde sus intereses o vindicaciones.  Lo cual ampara y sostiene determinadas y muy exclusivas definiciones respecto de esas categorías. Hay otras, desde luego, y ahí, entre lo que denominan totalitarismos cabe preguntarse ¿por qué se no se enfatiza una “acusación” al gobierno de izquierdista o comunista, habida cuenta de políticas de inclusión social, de defensa de derechos de los trabajadores, de limitaciones a los sectores monopólicos, de frenos, por pocos que sean, a la clase dominante que lo execran? ¿Para no molestar a ciertos posibles aliados útiles que se proclaman progresistas o de izquierda?

Al cabo del tiempo, conocido mucho del horror nazi, el paralelismo entre nazis y gobierno argentino populista o popular (con larga historia de fáciles ensambles de apelación a la libertad que llevaría a fórmulas liberales y, menos cacareadas, a neoliberales) puede resultar efectivo, al menos para algunos sectores. Respecto de aquellas figuras que sí bien pueden asociarse por su criminalidad política a un nazi, surgen opiniones como la de Beatriz Sarlo en su necrológica a Videla. Prevalece lo moral, reitera la palabra “ecuanimidad”. Curiosa perspectiva, esta de lo ecuánime. Dice la columnista de La Nación: “La muerte de un hombre suele abrir un momento de ecuanimidad respecto de su vida y de sus hechos”. Ese “soler” parece emplazar una afirmación como supuesto compartido, como si se dijera alguna verdad establecida (recurso frecuente cuando para apelar al lector, se le indica algo que debería saber, como que el agua hierve a cien grados). El enunciado asimismo lleva a preguntarse por qué, tal “momento” y por qué “ecuanimidad”. Anduve por el DRAE, las definiciones de un diccionario mucho nos hablan de la ideología que operó en tales formulaciones. Al indagar el espesor de las palabras en el tiempo importa ver cuáles son las definiciones asentadas en la autoridad y supuesta “ecuanimidad” de los diccionarios y cómo esto queda en entredicho según cambie el lugar de enunciación. (Al respecto baste ver variaciones en el tiempo de definiciones del DRAE).



Voy entonces a “ecuanimidad” para explorar en eso que la historia de una palabra provee, menos una autorización deudora de la ilusión de que ese origen nos daría una cierta certeza, que de lo que se puede expandir como significancia. Según el Diccionario, la palabra viene del latín aequinimitas-atis, y refiere a 1. Igualdad y constancia de ánimo y 2. A Imparcialidad de juicio. La primera acepción bien podría tenerse en cuenta para trazar la figura de Videla, el ecuánime por su constante actitud, siempre igual en su ánimo de interpretar y justificar desde su postura, sostener una ideología. Sin embargo, y que más tiene que ver con aquello a lo que se refiere la cronista, en la segunda acepción, puede filtrarse la duda respecto de qué sería esa imparcialidad. Obviamente no se trata de defender decisiones arbitrarias o caprichosas, sino de pensar en la posibilidad misma de ser imparcial cuando se trata de erigir una suerte de colocación imparcial (en el juicio) como si pudiera ilusoriamente, el enunciado que fuera, estar en un más allá de aquello que en realidad asumido y encarnado, se afincara en un imposible lugar desde el que ver más allá de lo que se asume y compromete, o sea, la 

construcción de imposible distancia, en que tanto ni el dictador ni sus comentaristas ni nadie en realidad dejamos de estar tejidos y constituidos por una trama discursiva que nos define como sujetos. La ecuanimidad que la autora de la nota pretende es la de alguien que pudiera sopesar, como en la balanza de dos platos, lo bueno y lo malo, digamos, desde una suerte de tabla rasa o algo así. Y encuentra que, teniendo en cuenta todos los rasgos morales de Videla como la mentira, por ejemplo, no es posible ser ecuánime con el dictador, al cual no le pudo encontrar ninguna virtud, así entre lo negativo señala, sorprendentemente, apenas se piensa que se está refiriendo a un genocida, que “La hipocresía de Videla es quizás, entre todos sus rasgos, el más repugnante”. Salvo la mención  a “sus fines” (los de Videla), a una desleída mención a que destruyó “las bases éticas de la República”, se nota la ausencia de un análisis político (en todo caso ese tipo de cuestiones se relegan en lo que sería para la autora de la nota “otro” y no el mismo “capítulo de la historia” referido a qué pasó con la sociedad en esos años: “por qué fue posible y cómo se condujeron millones de argentinos en los primeros años de la dictadura, dónde estuvo la prensa, dónde los políticos, dónde los pocos resistentes”), en todo caso el capítulo siguiente podría ser el de “cómo fueron cambiando conductas y reviendo posiciones” (lo que no sólo remite a hablar de los efectos del terrorismo de Estado sino también diversificar quiénes y cómo cambiaron y revieron). La invocación a Dante y sus círculos infernales,  que en faz literaria hace Sarlo, no deja de ser atractiva: más de un comentario circuló imaginando a Videla en el Infierno. En el “Girone primo” o primer girón donde están los violentos contra el prójimo en las personas o en los bienes se encuentran, entre otros, los tiranos “que de sangre y haberes abusaron” cometiendo asesinatos individuales o no, guerreando o asolando poblaciones. Videla es presentado bajo el pecado de violencia. Repasando los pecados y pecadores, más de un círculo podría haberlo recibido, por ejemplo el Octavo, donde están los que cometieron ese pecado que la autora considera el más repugnante, el de la hipocresía. Quedaría por ver también si su práctica religiosa no lo convierte en un blasfemo. Pero Dante no pudo incluir en su Infierno el pecado mayor que cometió, el genocidio. No existía entonces en tanto concepto.


*Poeta y novelista. Profesora titular en la carrera de Letras de la UBA y colabora habitualmente en la sección libros de Radar, tiene a su cargo una sección de libros en la revista Caras y Caretas y dirige el Departamento de Literatura y Sociedad del Centro Cultural de la Cooperación.

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