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Rafael Barrett: el personaje, el hombre, la obra

En su fugaz trayectoria de escritor comprometido, el español Rafael Barrett se ocupó de denunciar lo que muchos no se atrevían a escuchar. Autoproclamado “obrero de la pluma”, vivió en diálogo con el mundo, y Buenos Aires era parte de ese mundo. Los numerosos escritos sobre la ciudad y su folleto El terror argentino, publicado en el año de los festejos del Centenario, dan cuenta de su preocupación por lo que acontecía en nuestro país.

Por Flavio Crescenzi*

(para La Tecl@ Eñe)

 

 

 

La vida es un aire sutil, invisible y veloz, cuyos remolinos agitan un instante el polvo que duerme en los rincones. El inmortal torbellino pasa, torna a la pura atmósfera, a lo invisible, y el polvo se desploma inerte en su rincón. Los sabios no ven más que el polvo: palpan minuciosamente los cadáveres.

 

Rafael Barrett

 

 

Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy; nos introdujo vertiginosamente en la luz rasante y el mismo tiempo nebulosa, casi fantasmagórica, de la “realidad que delira” de sus mitos y contramitos históricos, sociales y culturales. 

 

Augusto Roa Bastos

 

 

I

 

El nombre de Rafael Barrett llegó a mí casi por casualidad, casi por milagro. Leyendo las acaloradas páginas de la novela El que tiene sed, de Abelardo Castillo, me encontré con el que probablemente sea uno de los mejores momentos de la literatura argentina contemporánea. Me refiero a unos nutridos y desbocados párrafos en donde el protagonista, Esteban Espósito, intenta hacerle creer a su interlocutora, la Sirenita, en un más que encendido monólogo, que ella es la única capaz de salvarlo de un nuevo naufragio alcohólico, de la inevitable catástrofe que acarrea siempre la embriaguez en grado extremo. En ese fárrago discursivo, Espósito cita a Poe –algo que me pareció inevitable– y a un tal Barrett. Este último personaje despertó mi curiosidad de una manera sorprendente.

 

Luego de investigar, descubrí que Rafael Barrett fue, en principio, un “joven del 98”, entendiendo esa expresión en un sentido amplio, es decir, no aludiendo a la etapa juvenil de la más tarde llamada “Generación del 98”, sino al amplio y variado espectro de jóvenes con inquietudes artísticas e intelectuales que coincidían, en España, con la turbulencias de finales del siglo XIX. La amistad de Barrett con Valle-Inclán, con Maeztu, con Manuel Bueno, con Ricardo Fuente, así como su contacto con Pío Baroja (quien supo retratarlo en Las noches del buen retiro) son datos que confirmarían su conexión con los núcleos más intranquilos de la juventud española de la época.

 

El joven Barrett se dio a conocer en los circuitos intelectuales de Madrid en 1902 de una manera muy particular. El 24 de abril, apaleó públicamente al duque de Arión, en plena sesión de gala del circo de Parish. Toda la prensa de la capital se hizo eco de la noticia que pronto se convirtió en un escándalo. Barrett había desafiado a duelo a un abogado de apellido Azopardo que, para evitar el enfrentamiento, convocó a un Tribunal de Honor alegando que Barrett no era “caballero” digno de batirse con él. El Tribunal, presidido por el duque de Arión, tomó como cierta la acusación de pederasta que Azopardo había lanzado contra Barrett y lo descalificó. Barrett, indignado, se hizo examinar por médicos de prestigio y, con los resultados en la mano, buscó al duque de Arión produciéndose la citada agresión. El Tribunal nunca restituyó el “honor” de Barrett. Pocos meses después, apareció en varios periódicos madrileños una sorprendente noticia: Rafael Barrett se había suicidado. Por supuesto, la noticia era falsa; sospechosamente falsa. Rechazado y expulsado de la sociedad madrileña, Barrett se trasladó a París, donde trabajó como corresponsal y periodista, para luego emprender su viaje a América a fines de ese mismo año.

 

En Buenos Aires, Barrett se dedicó al periodismo, un periodismo de denuncia, lírico, a medio camino entre la estampa mironiana de cuño impresionista y lo que más tarde ofrecería Arlt en sus inolvidables aguafuertes. Escribió para la revista Ideas, dirigida por el escritor Manuel Gálvez y para los periódicos El Correo Español, de Justo López Gomara, y El Tiempo, de Carlos Vega Belgrano. Cabe mencionar que el Buenos Aires con que Barret se cruzó estaba fuertemente polarizado. Por un lado, la más descarada muestra de opulencia; por el otro, el creciente descontento social. El siguiente fragmento del artículo “Buenos Aires”, publicado en El Correo Español, refleja sin ambages la sensación que esta ciudad le produjo:

 

 

El amanecer, la tristeza infinita de los primeros espectros verdosos, enormes, sin forma, que se pegan a las altas y sombrías fachadas de la avenida de Mayo; la vuelta al dolor, la claridad lenta en la llovizna fría y pegajosa que desciende de la inmensidad gris; el cansancio incurable, saliendo crispado y lívido del sueño, del pedazo de muerte con que nos aliviamos un minuto; el húmedo asfalto, interminable, reluciente, el espejo donde todo resbala y huye, los muros mojados y lustrosos, la gran calle pétrea, sudando su indiferencia helada; la soledad donde todavía duermen pozos de tiniebla, donde ya empieza a gusanear el hombre...

 

Chiquillos extenuados, descalzos, medio desnudos, con el hambre y la ciencia de la vida retratados en sus rostros graves, corren sin alientos, cargados de Prensas, corren, débiles bestias espoleadas, a distribuir por la ciudad del egoísmo la palabra hipócrita de la democracia y del progreso, alimentada con anuncios de rematadores. Pasan obreros envejecidos y callosos, la herramienta a la espalda. Son machos fuertes y siniestros, duros a la intemperie y al látigo. Hay en sus ojos un odio tenaz y sarcástico que no se marcha jamás. La mañana se empina poco a poco, y descubre cosas sórdidas y sucias amodorradas en los umbrales, contra el quicio de las puertas. Los mendigos espantan a las ratas y hozan en los montones de inmundicias. Una población harapienta surge del abismo, y vaga y roe al pie de los palacios unidos los unos a los otros en la larga perspectiva, gigantescos, mudos, cerrados de arriba abajo, inatacables, inaccesibles.

 

 

 

A fines de 1904, el periódico El Tiempo envió a Barrett como corresponsal a Paraguay para cubrir el levantamiento militar del general liberal Benigno Ferreyra contra el gobierno del partido Colorado. Sin dudarlo, nuestro autor se alistó en las filas revolucionarias con el claro propósito de quedarse en Asunción. En 1905, publicó sus primeros artículos para la prensa paraguaya, y, un año después, contrajo matrimonio con Francisca López Maíz, con quien tuvo un hijo. Cada vez más comprometido con el sufrimiento de los más desposeídos, identificado abiertamente con el anarquismo y vinculado a la Federación Obrera Regional Paraguaya, Barrett publicó, en 1908, una serie de artículos periodísticos donde denunciaba las explotaciones que sufrían los trabajadores de los yerbatales.  Lo que son los yerbales sería el resultado palmario de lo expuesto. Poco tiempo después de su denuncia, se produjo el golpe de estado del Coronel Albino Jara en Paraguay. En medio de la lucha armada, fundó junto a José Guillermo Bertotto el quincenario Germinal. Pero la tuberculosis no le permitió continuar con las tareas que la revista le demandaba y decidió recluirse en San Bernardino, cerca de Asunción. Clausurado el periódico, Barrett continuó luchando como pudo. Fue apresado y luego deportado; primero a Brasil, después a Uruguay.

 

La intelectualidad uruguaya lo recibió con los brazos abiertos. Al poco tiempo de llegar, inició un fecundo período de publicaciones para La Razón, de Samuel Blixén. Sin embargo, Barrett, aquejado por la enfermedad, decidió volver a Paraguay pasados unos meses. Al cabo de un año de espera en una estancia de Yabebyry, le permitieron radicarse en San Bernardino. Desde allí, colaboró con el periódico El Nacional, denunciando una vez más las atrocidades a las que eran sometidos los campesinos. En agosto de 1910, aparecieron ediciones uruguayas de dos de sus textos: el libro Moralidades Actuales y el folleto El terror argentino. Muy pronto, la enfermedad obligó a Barrett a trasladarse a Francia para ensayar una milagrosa cura con inyecciones de agua de mar. En su paso por Montevideo, entregó a Orsini Bertani los originales de El dolor paraguayo, libro que sería publicado en 1911. Rafael Barrett murió el 17 de diciembre de 1910 en Arcachón, a la edad de 34 años.

 

II

 

En el pensamiento de Barrett encontramos tanto influencias de la filosofía vitalista de Bergson como también de otras formas de reacción antipositivista, propias del decadentismo de fin de siglo. Para Barrett, la realidad es la vida, en su compleja e inaprensible movilidad, es decir, energía, y esa virtud operativa escapa al análisis racional. Lo real se siente y se ejecuta, no se explica. Lo real es inefable. En relación con esto, Barrett defiende un misticismo “humanizado”, sin dogmas ni misterios, en el que lo sagrado no es eliminado, sino que, por el contrario, se instala y se propaga abiertamente. Barrett sostenía que “todo es sagrado (...) somos sagrados en primer término; la naturaleza no ha revelado hasta hoy ningún factor tan prodigioso como el hombre”. Esa humanización de lo místico lleva como reverso una divinización de lo humano; por consiguiente, la divinidad de Cristo sólo residirá en su humana condición. No está de más aclarar que Cristo era una figura admirable para Barrett, sin embargo, esta admiración no estaba exenta de un fuerte rechazo a la Iglesia Católica y de un concepto difuso e impersonal de Dios, rasgos que nos permiten ver en sus ideas religiosas un auténtico ejemplo de “cristianismo ateo”.

 

En cuanto a lo social y lo político, el pensamiento de Rafael Barrett experimenta, a lo largo de los escasos siete años en que se expresa, una clara transformación que va desde un individualismo egotista (en el que se advierten rasgos irracionalistas de tipo nietzscheano), hasta un anarquismo altruista y solidario plenamente asumido. El punto de inflexión se produce entre finales de 1906 y principios de 1907. A partir de esas fechas, su preocupación por los temas sociales va siendo cada vez mayor y cada vez más radical su posición crítica. Es probable que ése haya sido el tiempo que necesitó para asimilar la dura realidad americana, de cuyo contacto Barrett salió espiritualmente enriquecido. La exuberante y conflictiva vitalidad americana llenó, sin duda y con creces, el vacío que en él pudieron haber dejado los ambientes intelectuales europeos.

 

Es a partir de 1908 cuando Barrett comienza a autodefinirse como anarquista. No obstante, su anarquismo se inclina sensiblemente hacia el componente individualista presente en el pensamiento libertario, como prueba la definición que propone en un artículo: “el anarquismo, tal como yo lo entiendo, se reduce al libre examen político”. El aspecto ético es el otro pilar central. Fiel al pensamiento libertario, Barrett abomina del Estado en su doble faceta de opresor y explotador, y expresa la complementariedad de esas dos funciones en una frase de contundente sincretismo: “El Estado roba con una mano y degüella con la otra”. Asimismo, Barrett sostiene que el derecho es una pura formalización del uso del poder y una institucionalización de la violencia. La verdadera raíz del derecho, afirma, no está en el acuerdo de los ciudadanos, sino en el respaldo del poder. La justicia reducida a su esencia puede asentarse en un único elemento indispensable: “el verdugo..., sin el cual todo nuestro aparato administrativo se vendría al suelo”. Ningún tribunal tendría autoridad alguna sin el respaldo de la fuerza armada que ejecuta los fallos, y concluye que en realidad “la justicia no está en la balanza, sino en la espada”.

También adscribe Barrett al pensamiento anarquista tradicional al someter a crítica el concepto de Culpabilidad aplicado a los delincuentes y al considerar la posibilidad de su curación futura: “Hemos sacrificado a los hidrófobos hasta que llegó Pasteur ¿y qué hemos de hacer, Dios mío, sino guillotinar a los asesinos hasta que sepamos curarlos?”. El delito es un producto social y el castigo a los delincuentes no responde a motivos de justicia sino a razones de protección y defensa social: “La sociedad fabrica al asesino y después le corta el cuello. ¿Es justo? No se trata de ser justos, me contestareis, se trata de nuestra defensa. ¡Conforme!”.Y sobre el tema de la delincuencia realiza consideraciones de validez intemporal que podrían resultar, incluso, sorprendentemente actuales: “Hemos multiplicado la tentación y facilitado las venganzas; hemos mezclado la desesperación con las harturas, dejando entre ellas la barrera invisible y salvaje del azar. Es el triunfo de la democracia. ¡Y hay quien se queja del aumento de la criminalidad! Yo la encuentro inexplicablemente reducida”.

Los rasgos utópicos propios del movimiento anarquista son también una de las líneas centrales del pensamiento de Barrett. Utopía que él asume en toda su dimensión lógica, lo que le permite alejarse de los desbordes milenaristas que con frecuencia aparecen también en el anarquismo. “…lo que propongo es impracticable, y no lo propondría si no lo fuese. Estoy convencido de que es lo inaccesible lo que debe guiarnos. (...) Es el ideal, absurdo si queréis – ¡qué importa!–, lo único que puede guiarnos en la vida”. Para Barrett, el verdadero ideal está siempre en el mañana y nunca será del todo descubierto, ya que cada ideal conquistado implica, necesariamente, el surgimiento de otro superior. La utopía es, al fin y al cabo, conciencia y voluntad de marcha, razón ardiente, único sentido para los que sueñan un futuro.

 

III

 

En su fugaz trayectoria de escritor comprometido, Barrett se ocupó de denunciar lo que muchos no se atrevían a escuchar. Autoproclamado “obrero de la pluma”, vivió en diálogo con el mundo, y Buenos Aires era parte de ese mundo. Los numerosos escritos sobre la ciudad y su folleto El terror argentino, publicado en el año de los festejos del Centenario, dan cuenta de su preocupación por lo que acontecía en nuestro país. Con una mirada corrosiva, describió, interpretó y evidenció, desde Paraguay y Uruguay, la realidad argentina del 900.

 

El peso de los acontecimientos ocurridos en los años próximos al Centenario de Mayo llevó a Barrett a escribir numerosos artículos sobre la represión policial, la cuestión social, las leyes antimigratorias, la actitud del gobierno para con los trabajadores y la fuerza del anarquismo en Buenos Aires. Internacional como las injusticias que denunciaba, Barrett no conoció de límites geográficos. Los abusos le molestaban en cualquier lugar donde ocurriesen; los poderosos lo irritaban más allá de las fronteras.

 

Su obra es una de las producciones en prosa más significativas del repertorio anarquista de principios del siglo XX, una muestra de militancia libertaria y un ejemplo de periodismo. Rescatarla nos permite tanto iluminar una época decisiva para nuestra historia como recuperar aquellas estrategias discursivas que buscaron consolidar una mirada crítica sobre las posiciones oficialmente instituidas. Ya pasaron más de cien años de su nacimiento en tierras españolas, y otros tantos de su llegada a América. Sin embargo, su descubrimiento, de este y del otro lado del océano, recién está empezando. Es cierto que Rafael Barrett brilló en su época como el prosista apreciado por Rodó y por Borges, por los anarquistas de todas las latitudes y por todos aquellos lectores adictos a la buena escritura, pero su presencia se tornó vaporosa con el correr del tiempo. En la memoria de quienes gozaron con sus textos quedaron sus palabras, palabras que hoy subsisten, detrás de la carcoma de los años, llenas de vida, razón y actualidad.

 

 

*Poeta y ensayista

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